Bureo

Bureo
Manuel coloca un nuevo fardo de leña en el hogar para avivar el fuego que
sobrevive desde mitad de otoño. Mientras, fuera, una copiosa nevada torna blancos los
alrededores del Mas. Manuel siempre había disfrutado de la nieve y decía que sin nieve
no habría cullida, que es como siempre gusta de llamar a la cosecha. Hoy, con la vejez,
la nieve le asusta, él, por sus castigados huesos, por los de su esposa también, hoy
prefiere un día soleado. Poder salir a respirar sin riesgos.
Vive con Martina, su mujer, o como a él le gusta decir, el sol que le da energía cada
amanecer. Sus hijos marcharon a Zaragoza a conseguir el bollo. Manuel nunca lo ha
comprendido, puesto que siempre ha opinado que el bollo sale del campo y no de la
ciudad. Manuel ronda los ochenta años. Los mismos que Martina. Su octogenaria edad
lo delatan las muchas arrugas sobre su piel, su canosa barba y unas manos desgastadas
por el arduo trabajo de campesino. Viste un recio jersey verde oscuro de lana que
muchos años atrás le tejió Martina, unos pantalones de pana, él nos corrige diciendo
que siempre han sido balones y que no entiende nuestra manía de cambiar el nombre a
las cosas, unas albarcas de cuero de las que asoman unos piales o calcetines de lana, que
protegen sus pies del helador invierno de estas tierras. En una vieja percha fabricada con
madera de enebro, perdón jinebro, pues no quiero enojar a Manuel, está colgada una
anguarina, una especie de guardapolvo recio, color tierra.
Martina lleva su blanca melena recogida en un moño que cada día cuida para
estar bella a los ojos de Manuel. Viste camisa blanca y una toquilla de lana de color
tierra y una larga falda marrón, medias recias y zapatillas cerradas marrones. A su lado
un andador debido a la dificultad que tiene para moverse. Un andador que trajo su hijo
Pablo hace unas semanas y que le permite moverse con algo de libertad por la casa.
En un cazolico, Manuel calienta leche para los dos, junto al fuego. Lo hace todos
los días, a las cinco de la tarde. La leche la vierte sobre dos cuencos de cerámica
blancos decorados únicamente con dos líneas verdes paralelas cada uno. En la mesa
coloca con dulzura una panera donde hay cortado un trozo de pan de hogaza ya seco que
trocea y los introduce en los cuencos de leche. Manuel ayuda a Martina a sentarse junto
a él; los años, el frío, la humedad y mucho trabajo en su vida, ha castigado en demasía
los huesos de Martina. El ritual de tan humilde merienda, pero entrañable, se repite cada
tarde y muy especialmente en tiempo de invierno.
Justo al terminar de tomarse la leche Martina sugiere preparar unas sopicas de
ajo y Manuel acepta gustosamente. Pone a calentar agua en una cazuela, echando sal,
pimiento seco y una jicarica de aceite de aceite de oliva. Martina va pelando cinco
dientes de ajo y partiendo en láminas y Manuel incorpora el ajo partido al agua.
Mientras se cuece el ajo, Martina coge el pan de la misma panera usada para la
merienda y lo parte en trozos grandecicos para evitar que se deshagan al hervirse en
agua. Quedaría una sopa demasiado espesa. Está cociéndose unos cinco minutos. Se
prepara una sartén pequeña con un poco de aceite y se calienta. Después ella parte otro
ajo para freírlo en la sartén, con cuidado para que no se queme y no amargue la sopa.
Una vez dorado Manuel retira la sartén y después echa romero y otras especias caseras
en el aceite. Añade un poco de agua al aceite con las especias que tenemos en la sartén y
lo vierte en la cazuela en la que se está haciendo la sopa.
Mientras Martina bate un huevo canta un copla popular de la zona que dice:
Siete virtudes tienen las sopas:
quitan el hambre, y dan sed poca.
Hacen dormir y digerir.
Nunca enfadan, siempre agradan.
Y crían la cara colorada.
Manuel retira la cazuela del fuego y añade el huevo batido a la sopa, poco a
poco, a la vez va dando vueltas a la sopa. Luego la deja reposar.
Al terminar, descansan sentados en la cadiera, es también parte del ritual, a
recordar sus ya casi sesenta años juntos, sus hermosas vivencias que compensaban al
duro trabajo en el Mas para poder subsistir toda una familia. Manuel acostumbra a
colocar su mano sobre el lado izquierdo de la cara. Le ayuda, dice, a pensar mejor, a no
perder memoria y, sobre todo, a mantener la cabeza alta, firme, orgulloso de mantener
en pie, junto a Martina, el último Mas de estas tierras de Teruel.
El Mas del Collau o de Manuel dispone de tres plantas, en la primera se guarda
todo lo relacionado con el campo además de la cuadra donde aún vemos el comedero o
pesebre y un buen número de utensilios como unas Antiojeras, dos albardas, varias
banastas, un ciazo, una vieja jalma donde poner las alforjas en la caballería, ranzal, una
zurriega y un viejo trillo desgastado por el tiempo y la mucha faena hecha con él. Todo
hace recordar que allí ha habido caballerías y bueyes, que allí se ha trabajado
duramente. Sin pensar en frío o en calor sino en subsistencia.
En la segunda planta hacen la vida y podemos ver cocina con su hogar y
antiquísimos armarios hechos de pino, una recocina donde guarda los enseres y la
vajilla o vajillos y dos alcobas. Frente a la cocina el cuarto masador con una vieja artesa.
Recipiente de madera rectangular más estrecho en la base donde se hacía la masa para
hacer el pan. Allí Manuel y Martina elaboraban la masa de la harina para luego en el
horno asar el pan. Hoy ya no lo hacen porque los molineros ya abandonaron el molino
que hoy yace hundido sin solución. El fuego apenas da para calentar bien la cocina y el
frío en las alcobas es casi insoportable pero ellos lo soportan. Para dormir, son
necesarias varias mantas muy recias de lana, codujones las llaman, porque si no es
imposible conciliar el sueño. En la planta de arriba están los graneros, se pueden contar
hasta cuatro.
Fuera, un corral donde tiene gallinas y conejos y dos aucos, como les llaman
ellos a las ocas. En el corral no faltan nunca buenos huevos y carne para alimentar. El
pan lo trae el panadero una vez a la semana.
En otro cobertizo encontramos una pocilga o corte donde había cerdos. Hace
años que no cuidan cerdos porque les faltan las fuerzas pero sus hijos sí que ayudan a
preparar conserva y embutidos cada año. Manuel dice que no puede vivir sin su manjar.
Años atrás también tuvieron bueyes, vacas, ovejas y cabras, hoy en su vejez no podrían
y para ellos solos se bastan con una pequeña paga que les arreglaron los “chicos” hace
unos años al ver como aflojaban.
Además vemos próxima una cochera donde también hay enseres de labranza
como un arado, aladro según Manuel, una empacadora entre otros y no falta el viejo
tractor.
Manuel ha estado siempre muy unido a Martina, y siguen amándose como el
primer día, aún más se podría decir. Cuando la cullida o cosecha ya había terminado y
los campos eran rastrojos que luego limpiarían las muchas ovejas que había por los años
cuarenta y cincuenta, los masoveros, es decir, las familias de los muchos mases
habitados que había entonces, se juntaban y organizaban sus fiestas. Hacían romerías,
celebraban fiestas en todas las estaciones. Los masoveros llamaban bureo a sus fiestas y
juntaban a todas las familias próximas. Cantaban canciones tradicionales, bailaban sus
dances, no faltaban guitarras, guitarros ni laúdes ni postizas, pulgaretas o castañuelas,
panderetas, hierros o sonajas. Aún conservan en su cabeza bailes y cantas muy antiguas
y es que no hay que olvidar las particulares condiciones de vida y necesidad de
autosuficiencia, también para la diversión, que hacían muy difícil la llegada de nuevas
modas. Manuel recuerda emocionado que también se hacía bureo cuando acudían los
quintos a los mases durante la llega, recorrido que se hacía cada año y al que llaman así.
El año que fue quinto fue la primera vez que vio a Martina. Era muy hermosa. Lucía su
traje mejor que ninguna otra moza del contorno. Recuerda como un vecino dijo en voz
alta “Mira como rufa la coda la Martina”, que en el argot de los masoveros significa que
elegante se ha puesto para la fiesta y así poder enamorar a alguno de los quintos.
Confiesa que se puso celoso, él no se atrevía a decir nada y un vecino, osado y de fácil
palabra, se atrevió con un piropo dirigido a Martina. A la primera vista, Manuel tuvo
como un chispazo que recorrió todo su cuerpo. Su mirada sólo iba dirigida hacia ella.
De arriba abajo y de abajo a arriba. Se detenía en su el rostro del que decía ser el más
bello paisaje que pueda ver un humilde masovero. Sus mejillas; las colinas más lindas
que jamás han existido, su nariz como un terrón de azúcar y una dulce sonrisa que
disfruta cada amanecer aún ahora en la vejez. Iluminando ese bello paisaje, dos verdes
luceros de primavera. Un cuerpo delgado y un metro sesenta centímetros de altura, ideal
para Manuel quien no para de decir que siempre la ha visto perfecta.
Cantaba como los ángeles. Era capaz de interpretar como ninguna otra una jota,
una seguidilla o un fandango. Que también aquí tenemos, comenta emocionado por los
dulces recuerdos. Martina todavía ahora tararea alguna canta y Manuel tampoco le hace
ascos a cantarle a Martina.
El destino, en el que tanto cree Manuel, y no el azar, hizo que aquel bureo de
quintos, los dos fueran pareja de baile y pronto se vio que hacían buenas migas. En
fiestas posteriores hasta consolidar el noviazgo, o festejar, Manuel y Martina eran
elegidos para la Carraspera, el Baile de cuatro y la jota en fila. Y lo que con más ilusión
recuerda fue el año que ganaron premio como mejores bailadores del baile a tres o
pasatrés. Eran grupos formados por dos mujeres y un hombre. Eran una pareja de
novios y la mejor amiga o una hermana de ella. Martina siempre elegía a su hermana
María. “Yo no bailaba bien, los pies me los guiaba el corazón y el amor por Martina”
recuerda, aún, con lágrimas en los ojos.
Manuel le pidió matrimonio en el inicio de uno de esos bureos entregándole un
pañuelo que aún conserva y que Martina lo tiene siempre a la vista como el mayor de
los tesoros de la casa. Martina dijo sí a su amor y al pañuelo.
Se casaron un doce de Octubre, hace ya cincuenta y siete años, y ambos tenían
veintitrés años. Fue una fiesta preciosa, otro bureo, las madres con ayuda de sus tías
guisaron para todos los invitados y elaboraron tradicionales postres. Pollo guisado, ajo
de patata, cordero, ese arroz con leche tan bueno que hacía la madre de Martina,
melocotón con vino,… para chuparse los dedos todo.
Martina del Mas del Toyo se adaptó muy rápidamente a la vida con Manuel, ella
trabajaba con mimo la huerta, el corral y todas las labores de casa. La vida en Mas del
Collau era dura pero no más que en el de su familia paterna. Manuel cada día se
levantaba a las 5 de la mañana para preparar los bueyes y la caballería y después hacer
temprano todo el trabajo del campo. Una vez al mes iba al molinero a por harina.
Fabricaban en casa su propio pan. No faltaba de nada pero siempre se exigía mucho
esfuerzo.
Poco más de un año llevaban casados cuando Martina contó a su marido que
esperaban un niño al que también llamarían Manuel, como el padre, el abuelo, muchas
generaciones. Es tradicional entre masoveros, que el primogénito se llame como el
padre y es por eso que al Mas del Collau, también se le conozca mejor como Mas de
Manuel. Sin embargo a Manuel, desde que se casó, prefirió decirle del Collau porque
Martina era mucho más que una fiel esposa, era, según Manuel, la vida del Mas.
A Manuel hijo, le siguieron Pilar, una hermosa niña digna de la belleza de su
madre, y Pablo, un mocetón que era reconocido desde bien lejos por ser el más alto y
fuerte joven de todo el contorno. Pablo era clavado a su abuelo, también llamado Pablo,
el padre de Martina y precisamente hecho cristiano por el abuelo que no tuvo hijo varón
y de esta forma pensaba en él para heredar y trabajar las tierras.
Los años sucedían, repetían tradiciones, matacía, el mondongo, la conserva,
sembrar las tierras, cortar leña para, al llegar el invierno, tener el fuego para calentar.
Mimar la tierra donde trabajar y donde descansar, donde vivir, pues Manuel recalca
continuamente que no sólo se vive bajo tejado, se vive sobre todo en la tierra que te vio
nacer y crecer que es el alma del masovero. Mimar la tierra, sí, que te va a dar sustento
cuanto mejor sea la cullida, la cosecha.
Las fuerzas de Manuel y Martina menguan y sin embargo su sabiduría crece.
Tienen refranes para todo. Atrás queda el tiempo en el que sus hijos iban abandonando
el Mas. Manuel marcho a estudiar y hoy es un geólogo consagrado. Tras su marcha
nunca más regresó para vivir en estas tierras, vive en Zaragoza, pero sí que pasa siempre
aquí las vacaciones estivales, en Semana Santa y para Navidad con su mujer Antonia.
Tienen tres hijas María, Marta y Cristina. Martina confiaba que siendo geólogo y dada
la riqueza orográfica y geológica de la zona, al terminar los estudios volvería con ellos a
ejercer su oficio. Manuel es más frío. Siempre pensaba lo contrario. Y a Martina le
decía “Los viejos a cucheretiar y los mozos a tenedoriar” y terminaba diciendo que
cuando el hijo mayor marchó a estudiar conoció mejores tenedores en la ciudad y
bocado más fácil.
Pilar apenas viene, las pequeñas visitas del doctor, y nunca mejor dicho, porque
su marido Ricardo, es médico y ella enfermera en Barcelona. No han tenido
descendencia. A Ricardo nunca le gustó el ámbito rural, se siente incómodo cuando
viene y Manuel, que siempre lo ha mirado con demasiado respeto, tal vez porque
tampoco Ricardo ha otorgado confianza, siempre dice “Abriles, membrillos y yernos,
pocos hay güenos”. Aunque Martina siempre le quita importancia y recalca, intentado
tranquilizar a su esposo, que médicos y enfermeras libran pocos días. Pablo es el
que viene más a menudo. Está casado con Ana, que también es hija de masoveros y su
madre vive con ellos por ser hija única y su padre murió hace unos años. Visitan el Mas,
junto a sus hijos Alodia y Chusé, buena parte de los fines de semana, a ayudar a Manuel
y Martina y a traer y llevar recados. Pablo es quien trabaja el huerto con la ayuda de
Ana, corta leña y quien maneja el viejo tractor que aún aguanta al avance del tiempo y
al progreso para que el trigo y la cebada lleguen bien hasta la cullida.
Pablo es el ojico derecho de sus padres. No sólo por las visitas, por la ayuda sino
también porque ha heredado el amor hacia estas tierras. Allá donde va habla bien de su
casa, de estas montañas. Del entorno natural dominado por sierras montañosas ocupadas
por grandes extensiones de pinos, en cuyos cortados campan a sus anchas las cabras
montesas.
Le duele y mucho ver como se hunden los mases y sólo, gracias a su empeño, se
mantienen bien el del Toyo y lógicamente el del Collau. Es triste ver el de las Monjas,
el Ordial, el Cerero, o el del Sargal. Algunos de ellos permanecieron en pie desde el
siglo XIV y hoy son escombro. Un gran espacio despoblado y en ruinas en la actualidad
y que hasta el éxodo rural de los años sesenta estuvo lleno de vida.
Pablo y Ana siempre dicen que terminarán sus días en el Collau y que el Mas del
Toyo lo habilitarán para turismo rural cuando Alodia y Chusé sean más mayores, si
ellos quieren claro. Para todo hay que querer.
Ahora, durante el invierno, en el Mas, Manuel y Martina cenan temprano. Raro
es el día que a las ocho de la tarde no han terminado. Son ya las siete y Manuel acerca a
la mesa de la cocina unas patatas y una hermosa cebolla así como una cestilla con cuatro
huevos recién traídos del corral. 3 huevos blancos y uno moreno. Resulta curioso volver
a ver huevos blancos puesto que en los supermercados eso no existe. Martina y Manuel
se sientan juntos y pelan las patatas y la cebolla mientras conversan sobre la nieve que
cae fuera y se preguntan sobre cómo le habrá ido el examen que tenía hoy su nieto
pequeño Chusé de diez años. Martina dice que seguro que bien, “nuestro Chusé es
pitismo”. Manuel le dice pispireto, es decir, muy espabilado y movido.
Del hogar, Manuel, separa brasas y encima coloca un soporte de hierro donde
coloca, con aceite de oliva del terreno, la sartén para ir calentando el aceite. Mientras
Martina bate los cuatro huevos en un plato de cerámica que tiene la misma decoración
que los cuencos de leche, las dos líneas verdes paralelas. La tortilla de patata en este
Mases una verdadera obra de arte.
Después cenan, además de la tortilla, se toman las sopicas de ajo para calentar
bien el cuerpo por dentro y coger más calor antes de ir a dormir a su viejo catre, en la
alcoba, bajo cuatro codujones y las viejas sábanas de lino bordadas con flores y el
nombre de Martina, restos de aquel ajuar que le dio su madre con tanto amor maternal.
Antes de ir a dormir a las nueve de la noche con estricta puntualidad, los dos
vuelven a sentarse junto al fuego. Cada uno en una cadiera, frente a frente. Viéndose la
cara el uno al otro. Se sonríen.
Manuel se coloca su viejo sombrero de paja colocando la mano izquierda sobre
su cara. Con el pulgar en la oreja izquierda, el dedo índice y el corazón sobre su nariz y
pasa el menique por sus labios para que, el “te amo” que saliera de ellos hacia el
corazón de Martina fuese más directo y profundo. Se levantó ayudado con su garrote, el
bastón que siempre le acompaña, y cogió aquél pañuelo que regaló a Martina cuando
pidió su mano y mostrándoselo, tras un darle un beso en sus labios, recitó:

El pañuelo que te te truje
Si no te lo hubiá trujido
No t’hubiás casau con mi
Ni pañuelo hubias tuvido

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